Volver al Pueblo

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Volver al pueblo es como visitar un monumento a la pérdida. Cada vez que vuelves, falta algo más.

Recuerdas tu infancia; tiempos más simples y llenos de ilusión. Recuerdas a la gente que ya no está. Recuerdas el traqueteo de las segadoras a gasolina, las mareas de ovejas y cencerros avasallando las calles, el olor a pan recién horneado, y sonrisas en la calle.

Pero ahora las calles no huelen a pan, porque el horno ha cerrado. Los corrales ya no sueltan balidos cuando pasas cerca, y las calles están demasiado limpias. Y cada vez menos casas abren sus puertas en verano para que entre el aire de la sierra. Ni siquiera se ven gatos vagando por las sombras.

Cada vez conoces a menos gente. Echas de menos a muchas personas; algunas de ellas abandonaron el pueblo hace mucho tiempo, mientras que otras descansan en el jardín de la iglesia.

Y también te echas de menos a ti misma. Echas de menos no necesitar excusas para coger la bici y subir al monte, o bajar a la ladera del río. Porque, por algún motivo, sentir el sol, oler la tierra, y escuchar los pájaros y la broza no parece lo suficientemente importante como para justificarse a sí mismo, pese a que te insufla el alma de vida.

Volver al pueblo es como un tirón de grillete. Te das cuenta de lo poco que haces por el hecho de hacerlo. Todo viene dado por una obligación, o una meta, y el tiempo es siempre insuficiente. Mirar a los árboles tocar el cielo por un solo segundo se siente como un recordatorio de lo poco libres que somos.

Pero sigo volviendo al pueblo. Porque sigue siendo un respiro, y una forma de recordar lo que ya no es, y a los que ya no están.

Y, cada vez que vuelvo, es como coger un fragmento de arcilla del suelo que me dejé olvidado hace tiempo. Le da más sentido a la vida.

Y no voy a fingir que mi vida es como un pueblo que cada año pierde más habitantes, porque no es así. Si las personas que ya no están me vieran ahora mismo, ya no sabrían quién soy. Soy yo, Lucía.

Recordar está bien. Volver al pueblo se puede sentir como una fotografía arrugada y arañada, pero aun así hay momentos donde, sin explicación, estás en tres etapas de tu vida a la vez, como si la flecha del tiempo se convirtiera en un ovillo de lana. El olor de la montaña, los golpes rítmicos de un bastón contra el suelo, una radio sonando en la lejanía… y de repente es como si el horno nunca hubiera cerrado. Es como si tu abuelo estuviera en las colmenas cuidando a sus abejas, y tu amigo Unai con las sábanas pegadas en su cama.