La iglesia
En mi infancia, recuerdo haber visto una iglesia solitaria, acompañada solamente por las ovejas que moteaban las praderas de alrededor.
Recuerdo hablar con un pastor de la zona, un señor de rostro sereno y con más de noventa años que no había visto el mar. Hablaba de ladrones que intentaban llevarse la iglesia por las noches, sillar a sillar.
La iglesia era pequeña, pero no era modesta. Tenía una forma acogedora, llena de ricos detalles típicos del románico, con una piedra anaranjada con toques rojizos y brillos perlados. Sus ventanas eran estrechas y discretas, y su tejado bajo y a dos aguas. El lejano tañido de los cencerros rendía sereno homenaje a su espadaña, viuda de ninguna campana. En la portada principal, una figura de un hombre con una lanza hacía guardia día y noche, incapaz de moverse.
Durante mucho tiempo, me olvidé de este sitio, dejándolo como caldo primordial de muchos sueños.
Hace poco, pasé por un campo de espinas. Hierbas altas, muertas por el sol, gobernadas por el silencio, que ya no bailaban con el viento. Y pensé, aquí una vez hubo algo, pero ahora solo veo un cráter en el suelo.